Por CHRISTINE CLARK
Yo, la peor de todas

30/04/10 - Mi hijo de ocho años se agarró una gripe de las bravas. Es socio de una prepaga y como tal fue atendido en el consultorio de su pediatra. Pero cuando las papas empezaron a arder (ojo con este invierno, que se las trae) fue el hospital público quien se ocupó de rescatarlo. En una consulta de madrugada, donde un enfermero, un médico y la guardia pasiva de rayos actuaron como corresponde para arribar a un diagnóstico y encauzar un tratamiento que le permitió salir adelante. Mi hijo tenía neumonía.

Soy colaboradora ocasional de este diario. Soy columnista de opinión, no soy periodista. Soy vecina y se supone que me preocupan los temas de interés común. Hoy escribo una columna innecesaria para reconocer en forma pública lo obvio: soy una cretina.

¿Cuánto hace del tremendo lío que se armó en el hospital, lío que tuvo origen en el malestar de su cooperativa de limpieza, lío que destapó carencias tan múltiples como graves, lío que derivó en una amenaza de evacuación, lío que derivó en una masiva marcha, lío que derivó en una cumbre de partes cuyo escenario fue el hotel del ISSN, lío que derivó en un proceso vergonzante contra las concejalas Ambroggi y Otharán?

¿Cuánto hace?

Soy cretina porque supe de entrada, como tantos, que el tema del hospital estaba atado con alambre. Era cantado. Así y todo, me quedé mosca. Como tantos. Y que del hospital no se vuelva a hablar. Que se arregle hasta el próximo descalabro. Hay otros temas. La escuela pública, por ejemplo. Vamos, acompañemos las marchas y los reclamos. Ya está. O no. Igual pasemos a otra cosa. Saltemos de pirotecnia en pirotecnia. Protestemos contra la secretaría de cultura si parece que va a arancelar los espacios municipales. Ya está. Que no decaiga. Debe haber más barbaridades a la vista. Loteos truchos. Escuelas que reciben una cápita de 0,10 centavos por alumno para darles de merendar. O prestaciones cortadas por el ISSN. Total, mantener la adrenalina es fácil: a cada paso nos topamos con una linda y candente barbaridad. Denunciemos, denunciemos.

No somos grandes, ché. Formamos parte de un país reducido al tamaño de un insecto, incapaz de mirar hacia delante. Ahogados en la ineficiencia, en la corrupción, en la peleíta partidaria, en un esquema de pensamiento vencido por la superficialidad. Nos corroe el embrutecimiento. Ejercemos la apatía social. Gritamos fuerte de tanto en tanto, pero hemos perdido la capacidad de hablar y pensar. De paso construimos enemigos con una velocidad bien berreta.

Mientras tanto el hospital. La institución requetebásica que no puede ni debe funcional mal. La que, personalicemos, se ocupó de curar a mi hijo. ¿Que faltan insumos? ¿Que hay paro? ¿Que se están diagnosticando cinco cánceres nuevos por semana sin posibilidad de tratamiento local? A no preocuparse: está llegando Vincent a la ciudad. Estamos salvados. Así que a publicar mañana los parches; vermú con papas fritas y good show.

Todo así, rapidito. Porque tenemos por delante lo único que importa: festejar con bombos, platillos y manteca al techo el sacro santísimo bicentenario de la patria. Una zoncera más para las de Jauretche. O, diría Borges, una devoción excesiva por las bondades del sistema métrico decimal.

Christine Clark


 














 

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