13 Dic 2010 |
- Ceniza: de cigarrillo, de fogón apagado, de restos en el hogar de una noche nevada, de un incendio de bosques, de la erupción de un volcán. Y también de un ser de cuatro patas, bigotes largos, dos orejas y que maúlla. Ceniza es mi gata. Tenemos una relación muy especial, impredecible a veces.
Hace
algunos años, recién llegada a la aldea y sin conocer a nadie, una amiga de
Junín me ofreció un felino. No muy convencida, acepté una pelotita gris de
pelos larguísimos y suaves; mezcla de angora y vaya a saber qué más.
Esmirriada, con sus escasos días de existencia, tiritaba en mis manos acopadas.
Me miró con ojitos azules y soñolientos, olisqueó con su nariz fría cada
pedacito de mi pulgar y volvió a mirarme. En ese momento nos entregamos.
-¿Qué es? -le pregunté a la autora del regalo.
-No sé -dijo dándole vuelta sin encontrar signo alguno que develara el misterio.
¿Cómo te llamo? ¿Humo, Ceniza?
Caminaba con inseguridad, resbalando en los cerámicos. Ubicó enseguida su plato con leche, el baño y el pullover viejo para dormir.
Pocos
días después, partí con el bichito en una caja hasta lo del veterinario, para
las vacunas correspondientes, conocer su sexo para dejar de decirle Michi, y
otros menesteres que me preocupaban.
-Cuídelo, los siameses y éstos son los más codiciados y suelen desaparecer ?me dijo.
-Ohhhh -temiendo un secuestro.
-¿Cómo se llama?, para hacerle la ficha.
-Usted dirá, también para eso vine.
-Mmmmm... es gata.
-Ceniza.
Después de las vacunas, con vergüenza, como si el problema fuese mío:
-Está estreñida.
-Claro,
tendrá escasamente un mes, la destetaron antes de tiempo. La gata los lame para
estimularles el reflejo, así que tome un algodón, mójelo en agua tibia y hágale
masajes alrededor del ano. Seguí al pie de la letra las instrucciones y, cuando
se produjo el milagro ¡me sentí mamá gata!
El pullover viejo dentro de una caja, sus piedritas y la leche en el baño; la encerraba allí cuando dormía yo, no ella. Me seguía a todos lados convirtiéndose en mi sombra. No respetaba leyes de tránsito para adelantarse: izquierda, derecha, cuando no entre mis piernas. Lo más grave aunque sin consecuencias fatales fue cuando, creyéndose en algún túnel terminó bajo mis pies. Modifiqué mi forma de caminar para evitar catástrofes: hacia a delante pero con la cara hacia atrás, para anticiparme a sus movimientos erráticos y así fue como me llevé por delante paredes, muebles y puertas considerándome una lechuza por girar mi cabeza en un ángulo casi imposible. Terminé en el kinesiólogo; la gata, indemne.
Lo bueno que tuvo es que se adaptó enseguida a mis horarios de sueño, nocturnos y de siesta, sin jorobar para nada.
En su etapa de andar a ras del piso, los cables se convirtieron en su juguete predilecto, en especial uno trasparente que dejaba ver los alambres de cobre en su interior. El dios de los felinos la salvó de la electrocución a pesar de mi temor a encontrarla achicharrada en cualquier momento.
Poco
a poco comenzó a elevarse del nivel del suelo: a la silla primero y de ahí a la
mesa. Fue allí arriba donde cobró afición por un musgo que poco después terminó
sus días convertido en su ensalada predilecta. Tenía un cissus de nueve años,
mi orgullo como floricultora, que se enroscaba en el barral de la cortina y
aparecía por detrás de un aparador. Un día, al volver del pueblo, la gata no se
dejó ver. Me senté a escribir. De reojo me pareció ver que el cissus se movía,
pero no le di importancia. De pronto, un misil gris autopropulsado surgió de
entre el follaje tupido para aterrizar en la mesa. Se ligó flor de reto y fue
en ese momento en que me di cuenta que a los gatos -por lo menos a la mía- no
les importa un pito que se los rete.
Como corolario diré que el cissus, ocho años después, me llega a la cintura, porque terminó bajo las tijeras de una amiga experta después de encontrarlo abatido, lánguido, derrumbado, depuesto de las alturas, desparramado por todo el comedor y a ella enroscada sobre las hojas que me llenaban de placer.
Desde
que la altura dejó de representar un escollo, Ceniza tomó el hábito de sentarse
sobre la CPU. Cual
gata de jeroglífico se mantenía impávida, mirándome especulativamente a través
de sus ranuras. Harta de verme teclear, decidía gratificarse en mi falda;
dejaba el lugar con elegancia gatuna y pasaba por el teclado para llegar a mis
piernas. Indefectiblemente pisaba la barra espaciadora que hacía sonar una
campanilla; sobresaltada, huía despavorida pisando unas cuantas teclas más.
Desatar el caos en mi escrito le llevaba segundos; arreglarlo, me llevaba mucho
más.
En esa época era aprendiz de escritora y descubrí que mi gata desarrolló tirria a mi oficio. No sólo me molestaba con la computadora, sino que, cuando escribía a mano, saltaba a la mesa y displicentemente -como si fuera lo más natural- se sentaba sobre el papel dándome la espalda.