03 Jun 2012 | En esta entrega un deportista que entrena en familia, conocido por algunos como “el que vende las piedras”, por otros como “el que tiene camiones” y por todos como “el más jodón del Tetra”.

Por Manuel Bruzzone
Para los árboles del camino, se ha convertido en costumbre ver pasar a los atletas que intensifican los preparativos para la competencia. Lo que les llama la atención esta vez es el parecido y la luz que emiten estos cuatro intérpretes del entrenamiento, que hoy (como otros tantos días pasados y venideros) decidieron atravesar sus bosques.
Por intermedio de un amigo contacté hace unos días a este padre de familia, un tipo que es conocido por algunos como “el que vende las piedras”, por otros como “el que tiene camiones” y por todos como “el más jodón del Tetra”.
Así se mostró cuando nos encontramos a gestar la entrevista que desencadena esta nueva edición de la columna que La Voz de los Andes titula Historias del Tetra. Sonriente y distendido (típicas características del ‘buena onda’), Raúl Romera me contó la suya.
Pocos saben que hasta hace unos años era gordo y fumador. El primer regalo que le obsequió el deporte (y esta rueda no deja de ser caritativa) fue la salud. No sólo le quitó kilos y nicotina de los pulmones, sino que además ordenó su cabeza y le devolvió a su personalidad esa competitividad tan distintiva. “Vi la luz con el deporte”, me dice, y tiene sentido. “Mis amigos, jodones como yo, siempre me cargan con eso y en cada foto que pueden escriben ‘Raúl, meses antes de ver la luz’”.
La primera concreta aparición de lo que él llama “la luz” fue en el Desafío de los Volcanes del año 2001, y por lo visto era una lámpara consistente: unos meses después la misma luz lo motivó para el Tetratlón Chapelco, del que ya nunca se separaría. Algo parecido nos ocurre también a los que no corremos, tal es su influencia sobre los que moramos en este pequeño pozo a la vera del Lago Lacar.
Desenvuelto y gran aficionado a las charlas de café, Raúl puede ir y venir, introducirse y salirse de un tema y de otro y volver nuevamente al primitivo con una facilidad asombrosa. El “perdón, nos fuimos por las ramas” se escucha tan a menudo como la sonrisa se dibuja en la boca de su cara de hombre sencillo. La más grande se impone perenne cuando habla de su Tetra en el Tetra de Facundo, su hijo. Me resulta verdaderamente acertado dejar que lo cuente él mismo.
“En 2007 nos anotamos los dos. Yo siempre me inscribo sabiendo que no voy a ganar más que a mí mismo, pero Facundo se había preparado fuerte y se tenía mucha fe. La carrera se fue dando normalmente, hasta que unos metros antes de entrar a la segunda vuelta del circuito de bicicleta, escuché por la radio del puesto que Facundo entró 1° al lago para la remada. Unos días antes, cenando en casa, me había dicho ‘Papá, si salgo primero que todos del kayak para correr la ultima disciplina, gano el Tetra’, y recordé en ese momento, montado a mi bici, cuanta seguridad había mostrado en su declaración. Así que no dudé un segundo más, me bajé, me acerqué al puesto y al grito de ‘¡MUCHACHOS, ABANDONO!’, arranqué cuesta abajo hacia la orilla del Lacar. Lo vi pasar, volví a casa a ducharme y llegué a tiempo para ver cómo cruzaba la meta. Una emoción impresionante”.
Cada persona que pasa cerca de nuestra mesa lo saluda y para todos tiene alguna pavada que decirles. “Siempre en joda, nunca me peleé con nadie, no es la idea. Entre los que corremos nos cargamos. Hasta hay un PRODE, que algunos no pagan. Incluso en la carrera tengo un tiempito para joder un rato. Si me cruzo a cualquier amigo le digo ‘Apurate que te estoy ganando’, pero es solo para la gastada, porque estoy convencido de esa frase que dice ‘Los ganadores están en la largada’”.
El tiempo se evapora, sea por la tibieza del café mediano que él me invita o por la charla; seguramente por las dos cosas. Siempre hay un nuevo asunto por resolver. El mío, escribir. El de Raúl, entrenar. Lo llaman por teléfono: Laura, su mujer, y dos de sus hijos, Facundo y Victoria, lo esperan para salir a entrenar. “Este año lo corremos los cuatro”, me cuenta y nos despedimos. Por un ínfimo instante me pregunto si debería avisarle a los robles, pero desisto: sé que los árboles y el camino los verán pasar de todos modos. Cuando llego a casa, están todos sentados a la mesa esperando para comer. “Qué lindo estar acá”, pienso, y me acomodo feliz a esperar mi plato.


